Por Augusto Gómez
Honduras tiene recursos, ubicación estratégica, una población joven y un importante potencial agrícola. Sin embargo, convertir esas ventajas en empleo, productividad y bienestar continúa siendo una tarea pendiente.
Por eso, observar la experiencia de China puede resultar útil. No para copiar su modelo político o económico, sino para entender cómo un país logró transformar, en pocas décadas, su estructura productiva y sacar de la pobreza extrema a cientos de millones de personas.
Según el Banco Mundial, desde 1978 China sacó de la pobreza extrema a cerca de 800 millones de personas. Ese proceso estuvo acompañado por infraestructura, industrialización, modernización agrícola, educación, inversión y una fuerte orientación hacia la productividad.
Hay una lección difícil de ignorar: el desarrollo requiere más que programas sociales; necesita generar oportunidades económicas sostenibles.
China también entendió la infraestructura como una herramienta de desarrollo. Sus carreteras, ferrocarriles, puertos y redes energéticas fueron concebidos para conectar regiones, productores y mercados. Honduras no necesita replicar esa escala, pero sí debería preguntarse si cada inversión en infraestructura está aumentando nuestra capacidad de producir y competir.
Lo mismo ocurre con la energía. China ha realizado enormes inversiones en fuentes renovables. Honduras posee recursos solares, hídricos y eólicos que podrían convertirse en una ventaja competitiva si se combinan con planificación, inversión y una red eléctrica confiable.
Quizás la discusión más importante está en el largo plazo.
Los planes de desarrollo chinos han permitido mantener determinadas prioridades durante décadas. Honduras, en cambio, enfrenta con frecuencia cambios de rumbo cada cuatro años.
Educación, infraestructura, energía, innovación e industrialización no producen resultados en un período presidencial. Requieren continuidad, evaluación y políticas de Estado.
Esto no significa idealizar a China. Su modelo tiene particularidades, desafíos y aspectos que deben analizarse críticamente. Tampoco significa trasladar su sistema político a Honduras.
Significa algo más sencillo: estudiar qué funcionó, entender por qué funcionó y determinar qué podría adaptarse a nuestra realidad.
La relación con China también puede representar una oportunidad para Honduras si trasciende el comercio y promueve inversión, tecnología, capacitación, empleo y transferencia de conocimientos.
Al final, la pregunta no debería ser si Honduras debe convertirse en China.
La pregunta es qué podemos aprender de China —y de otros países— para construir nuestro propio camino hacia el desarrollo.
Porque Honduras no carece de potencial.
Lo que necesita es una estrategia capaz de convertir ese potencial en resultados.
